martes, 26 de septiembre de 2017

1976/77 (III)

John Lydon es el típico jovenzuelo conflictivo criado en barrio obrero, desastroso estudiante, inseguro, muy nervioso, con varios problemas de salud en su infancia y por supuesto inadaptado. Sus gustos musicales sin embargo son bastante más amplios de lo que podría esperarse: le gusta el glam, por supuesto, y las bandas yanquis como los Stooges, pero también algunos grupos muy lejanos a esos estilos, como CAN o… Pink Floyd. Al menos, hasta hace poco. Tal vez su camiseta sea más bien un signo de provocación, como cuando decidió teñirse el pelo de verde o de amarillo. Y esa camiseta acabaron luciéndola todos los miembros de la banda en algún momento (tanto en la fotografías como en los vídeos oficiales suele llevarla Cook), así que vaya usted a saber. El caso es que últimamente se ha aficionado a merodear por la tienda de McLaren, que está buscando un personaje idóneo para ponerlo al frente de un grupo musical, y la dichosa camiseta (por no hablar del hermoso color de su pelo) obra el milagro: McLaren le pregunta si sabe cantar, Lydon entona malamente el “I’m eighteen” de Alice Cooper y queda admitido. Aunque con su aspecto le hubiera sido suficiente, porque su “examinador” ya estaba harto de esperar: llevaba un tiempo patrocinando a Jones, Cook y Matlock en algunas bandas fugaces, poco antes había intentado atraer al ex Dolls Sylvain Sylvain, a Richard Hell y a otros cuantos para ese puesto, pero no hubo suerte. Y, en palabras de Matlock, “todo el mundo llevaba el pelo largo, así que parábamos por la calle a los que lo llevaban corto y les preguntábamos si les interesaba probar a ser cantantes en la banda”. Surrealista, ¿verdad? 

A finales del 75, el cuarteto tiene ya nombre. Y no, no es una idea de McLaren, aunque también intentó atribuírsela: tiempo antes, Jones y Cook habían cambiado el nombre de su primer grupo -The Strand- por el de ”QT Jones & The Sex Pistols”, y han decidido que eso de Sex Pistols hace juego con su vocación irreverente. Por cierto, también fue el incansable Jones quien bautizó a Lydon como “Johnny Rotten” por el lamentable estado de su dentadura (Rotten: podrido. Muy punk, sí señor). Su repertorio inicial era mayoritariamente mod (Who y Small Faces entre otros), pero pronto surgieron las primeras composiciones propias. También sobre la autoría de las letras hay diversas opiniones: se da por supuesto que la mayor parte son obra de Juanito Podrido, pero se sabe que McLaren y Westwood “iluminaban” a los muchachos con sus disquisiciones sobre situacionismo, anarquismo y otros ismos, e incluso les daban algunas letras que luego Juanito adaptaba. Y en lo musical participaban mayoritariamente los otros tres, así que tal vez en un intento por no liar el asunto de los derechos de autor se decidió que las canciones se detallasen como de autoría conjunta de los cuatro: si el combativo y codicioso Juanito no protestó por ello, hay que deducir que esa teoría es la correcta. 

Después de unos meses de rodaje en algunos colegios y pubs, su primera gran prueba tiene lugar en el Marquee, en Febrero del 76. Para entonces, ya se ha corrido la voz por medio Londres (y especialmente algunos suburbios) de que hay una nueva banda formada por cuatro gamberros que están rompiendo todas las convenciones musicales y estéticas, apoyados por McLaren (cuya tienda ya es casi un referente nacional entre los modernos), con algunas canciones realmente irritantes, revolucionarias y envueltas en un sonido atronador; técnicamente son mediocres, pero en poco tiempo han mejorado bastante. Hubo una verdadera interacción entre la tienda y el grupo, ya que la mayoría de los clientes se convirtieron también en fans de los Pistols. Y en lo referente al diseño gráfico hay que recordar a Jamie Reid: amigo de McLaren, con una ideología muy próxima a la suya, su técnica de letras recortadas y collages irreverentes sobre la cara de la Reina Isabel, aquellos montajes que hacía para los discos fueron tan efectivos para cimentar la “mala” fama del grupo como la actitud del propio grupo. Viéndolo ahora, con perspectiva, parece casi inevitable que triunfasen porque se daban todas las condiciones para ello: sus canciones no eran tan malas como se dice (y al menos tres o cuatro son referentes inolvidables del género), supieron incendiar a la prensa y los sectores reaccionarios, que hicieron de ellos unos héroes a los ojos de la nueva generación, y por supuesto duraron poco. Música, actitud y una buena campaña publicitaria. Salvo en el asunto de la longevidad (por su naturaleza era casi imposible) no hay tantas diferencias con los Beatles, los Who o los Stones, a fin de cuentas… Vaya, acabo de decir una irreverencia. Será que me he contagiado. 

A partir de ahí las cosas van rodadas: el ambiente de escándalos se reproduce en todas sus actuaciones, llega a la prensa y culmina en el famoso programa de televisión de Diciembre del 76, pocos días después de la publicación de “Anarchy in the UK”, su único single en EMI: para entonces los Pistols se presentan en la Thames Television con algunos de sus discípulos del Contingente de Bromley (barrio londinense del que proceden algunos jóvenes músicos que pronto se harán conocidos). Allí tendrían que haber estado Queen y no los Pistols, pero a última hora La Reina anuncia su ausencia y a EMI no se le ocurre otra cosa que enviar a sus “nuevas estrellas”, que la lían: tan borrachos ellos como el presentador, en pocos días la nación entera va comprendiendo a lo que se enfrenta (“la antítesis de la humanidad”, según un concejal londinense). Se multiplican las actuaciones, y algunos de sus teloneros comienzan a despuntar: los Clash, Damned, Siouxsie Sioux… La nueva ola está barriendo con todo. 

“Anarchy in the UK”, aquel primer single de los Pistols, no pasó del top 40: el punk, a nivel masivo, era todavía algo así como una oscura premonición para el oyente medio, un horror del que solo se hablaba en algunos tugurios infectos y que por supuesto no sonaba en la radio. Pero es una muestra inmejorable de las esencias del grupo, y en lo musical una de sus canciones más brillantes. Su funda completamente negra recuerda esa mezcla entre anarquismo y nihilismo que se asocia inmediatamente al género, y la letra es tan corrosiva como simple (me encanta aquello de “No sé lo que quiero, pero sé cómo conseguirlo”). No es el primer single punk -los Damned se les adelantaron por poco-, pero refleja perfectamente el ideario de lo que ya se está convirtiendo en toda una escuela de pensamiento y acción: Mick Jones, de los Clash, es uno de los muchos que dice que dice que su vida cambió la primera vez que los vio en directo (y eso que los Clash no son exactamente una banda punk, ni quisieron serlo). Que por cierto, el productor es nada menos que Chris Thomas, un monstruo de la profesión que ha trabajado con la mayor parte de las estrellas británicas, incluyendo a bandas como… Pink Floyd. McLaren lo convenció personalmente, y él accedió a pesar de los avisos e incluso las presiones de buena parte del sector musical. 

Por desgracia, tras la tumultuosa puesta de largo del grupo en aquel programa de televisión, EMI sí sucumbió a esas presiones y decidió cancelar el contrato: el año 76 concluye con los Pistols otra vez en la calle; pero eso es bueno para ellos, que consiguen dinero por la rescisión y su fama conflictiva se hace ya legendaria. El próximo año será su cumbre… y ya saben ustedes que la cosa ya no durará mucho más, así que la semana que viene acabaremos con estos individuos: “Vive deprisa, muere joven y ten un bonito cadáver” era una frase contenida en “Knock on any door”, una de mis películas, y les viene como anillo al dedo.  Aquí les dejo aquella primera canción, y creo que el Paseante ha puesto el vídeo. Más no se puede pedir...





lunes, 18 de septiembre de 2017

1976/77 (II)



Cuando se hace memoria sobre esta época se da por sentado que su protagonista principal fue “el punk”. Y ese nombre suele invocarse en abstracto, como pasa generalmente con la psicodelia. Por lo tanto estamos ante un fenómeno que comprende más de una disciplina artística y con implicaciones sociales; de hecho, es la situación social la que determina en gran parte el sesgo que toma la marejada punkie en sus primeros tiempos. Las crisis económicas causan un descontento general que suele ser más contundente en las actitudes juveniles que en los mayores, muchos de ellos resignados ante una “desgracia” que por la edad ya aceptan como cíclica, inevitable. Ya saben, el capitalismo es así. En el caso de la Isla, hay muchos jóvenes que interiorizan esa crisis como una nueva ofensa del sistema y canalizan su rencor a través de la música, que junto a su aspecto personal es lo más inmediato que tienen a mano. Hasta cierto punto los nuevos ritmos son de origen yanqui, eso está claro; pero debemos tener en cuenta que aquel país es enorme y hay de todo: bandas muy “concienciadas” como los Dead Kennedys, cruce entre punk y hardcore que se presentará dentro de poco en San Francisco -una verdadera burla del destino-, y grupos primitivos como los neoyorkinos Ramones, símbolo punk donde los haya, que comenzaron dos o tres años antes, adoran el pop tradicional de los 60, son muy patriotas y no comprenden el permanente cabreo de los británicos (“Sí, también nosotros hemos estado en el paro, y no pasa nada”, decían. “Además… ¿cómo se atreven a meterse con los Estados Unidos?”). Especialmente para estos últimos, el punk es en cierto modo una vuelta los valores tradiciones, a la “honradez y sinceridad” del humilde rock and roll; “la política”, como ellos dicen, no les interesa lo más mínimo. Como es lógico también en la Isla hay jóvenes que únicamente sienten la vocación musical, sin marcadas inquietudes sociales, pero se irán mostrando poco a poco; ahora lo que toca, lo más urgente, la moda general, es el punk. Y por ahí ha de pasar cualquiera que aspire a prosperar en este negocio, para que no lo confundan con un nostálgico del Antiguo Orden. 

Tal vez convenga recordar que “punk” es palabra muy antigua cuyos primeros significados tenían oscuras connotaciones sexuales o rufianescas que con el paso del tiempo se fueron ampliando; por ejemplo, a principios del siglo XX se aplicaba a las cosas sin valor afectadas por la podredumbre y de ahí se llegó, especialmente en Estados Unidos, a “persona joven e inexperta, sin conocimientos ni categoría”. Ese tono es el que usan algunos aficionados ya en los años 60 para definir a las bandas de garaje: grupos basurilla, tal vez encantadores pero sin muchas expectativas, integradas por críos (entre las que se incluyen las fraternity bands, es decir, las que esos mismos críos organizaban con sus compañeros de colegio). El término quedó hibernado hasta que vuelve a surgir en 1971 cuando Dave Marsh, que por entonces era un prometedor periodista musical en la revista Creem, lo usa para definir a los chicanos Question Mark & The Mysterians, banda de mediados de los 60 que de todas sus canciones solo alcanzó el éxito con una y que se mantuvo un cierto tiempo gracias también a su fantasioso líder, aficionado a las películas de marcianos (él mismo afirmaba ser un “visitante del tiempo”); y poco después Lenny Kaye, futuro guitarrista de Patti Smith pero también periodista musical por entonces, vuelve a emplearlo para definir a MC5 como una de las bandas precursoras de ese estilo. Finalmente, será Peter Townshend quien refresque la palabra escribiendo “The punk and the godfather”, uno de los grandes momentos de Quadrophenia y que simboliza mucho más de lo que parece: el propio Townshend reconoce años después que esa conversación entre “El pipiolo y el padrino” muy bien podría haber sido mantenida entre Paul Weller (el nuevo mod, el admirador de Who y Small Faces) y él (un viejo mod de colmillo retorcido que ya ha perdido la ilusión y la furia de su juventud). Y una vez que hemos recordado esta accidentada travesía podemos ahora relativizar la afirmación que hace Malcolm McLaren cuando dice que eso del punk es invento suyo, aunque por supuesto aceptaremos que supo aprovechar la ola y darle contenido en la Isla. 

Porque claro, ahora hay que hablar de Malcolm McLaren: nos guste o no, tiene una gran importancia en esta historia, nadie puede negársela. Malcolm es un buscavidas con pretensiones artísticas que en 1971 inauguró su primera tienda de ropa en Londres junto a Vivienne Westwood. Esa pareja es protagonista principal en los comienzos del diseño punk: encauzaron la dispersión estética barriobajera que había en la calle y le añadieron un toque arty al echar mano de la parafernalia sado-maso, aunque en un origen simplemente “customizaban” prendas de los años 50. Por otra parte McLaren tiene también una cierta inquietud intelectual que le incita a coquetear con el situacionismo, escuela filosófica francesa que, en esencia, fusiona una especie de post marxismo con las corrientes artísticas avant garde, y uno de cuyos principales ideólogos es Guy Debord. El señor Debord había escrito “La sociedad del espectáculo” en los años 60, un conjunto de ideas que constituye una crítica demoledora, visionaria, sobre la función del espectáculo en el mundo capitalista (fácil de conseguir en Internet) y que se convierte en uno de los libros de cabecera de McLaren, aunque de momento el diseño textil seguirá siendo su principal fuente de ingresos. Esa profesión lleva a la pareja a Nueva York en 1973 para asistir a una feria de moda en la que su trayectoria se cruza con la de los New York Dolls: cuando hablamos de ellos ya vimos que McLaren andaba luego diciendo que se había convertido en su manager, pero en realidad nunca pasó de ser su sastre en la última época de la banda (aparte de algunos fondos rojos con la hoz y el martillo en sus escasas actuaciones finales). 

A su vuelta a la Isla, McLaren comenzó a pensar en la posibilidad de aprovechar los conocimientos adquiridos en su corta relación con los Dolls; o sea, dar el salto al negocio musical, convertirse en un manejador del espectáculo siguiendo las teorías rupturistas del señor Debord. Y sus ilusiones comienzan a solidificarse en 1975, cuando entre los clientes de la tienda figuran como asiduos Paul Cook y Steve Jones, supuestos músicos (batería y guitarra) que son amigos desde el colegio y que a veces se quedan charlando un rato con Glen Matlock, un dependiente de la tienda que además toca el bajo en ratos libres. Cercano, como una sombra, McLaren fantasea con la posibilidad de organizar un grupo provocador, corrosivo, revolucionario… que por esa misma razón le dé mucho dinero; en esencia, posiblemente su base ideológica sea la misma que manifestarían esos chavales si tuviesen formación para saber expresarla. Solo falta dar con un cantante que tenga gancho, un verdadero truhán que dé sentido a la idea general. Y entonces, un día cualquiera, aparece ese truhán: trae una camiseta ajada de Pink Floyd, pero como cabecera de la imagen ha escrito con rotulador “I hate”. Ya se podrán imaginar ustedes que para McLaren aquella visión tuvo que ser amor a primera vista. 



lunes, 11 de septiembre de 2017

1976/77 (I)



Hace ya mucho tiempo leí en algún sitio que 1976 es el año en el que todo volvió a empezar, y supongo que la mayoría de los aquí presentes estaremos de acuerdo. Por otra parte se cumple una afortunada coincidencia: justo diez años antes, en 1966, el pop había llegado a su momento cumbre en la Isla jubilando al beat con sus ritmos ponzoñosos, mientras en los States sucedía algo parecido gracias a las bandas de garaje. Y da la casualidad de que en 1956 tuvo lugar la consagración definitiva del rock and roll gracias al fichaje de Elvis por la RCA a finales del año anterior; hasta ese momento, el género era minoritario. Así que parece cumplirse de nuevo una especie de epifanía que ocurre en la música popular cada diez años... pero con una diferencia radical entre las dos situaciones anteriores y esta: tanto el rock and roll como las bandas pop son el resultado de una evolución, mientras que lo de ahora es una ruptura. Ahora estamos ante un renacimiento, una vuelta al pasado para recuperar valores perdidos; y se podrán discutir todos los aspectos artísticos o técnicos que se quiera, pero no su valor como revulsivo, su extrema necesidad “terapéutica” en una situación tan crítica como la actual.

Muy frecuentemente la evolución artística suele estar relacionada con el momento social, que influye en ella. Basta con dos ejemplos: el rock and roll triunfó por su ritmo innovador, cautivador, pero también por la actitud chulesca, bravía, “revolucionaria” de muchos de sus héroes, que impresionaron a una juventud hastiada de los viejos valores; y la psicodelia fue mucho más que una música influenciada por el ácido, puesto que esa influencia fue transversal, llegó a todo tipo de artes y cambió la perspectiva vital de millones de personas (no necesariamente jóvenes). A mediados de los años 70 nos hallamos ante una nueva ruptura generacional: entre 1974 y 75 se consumó el proceso de putrefacción del rock tradicional, y la mayor parte de las bandas nacidas en la década anterior ya no existían o se habían convertido en parodias de sí mismas. Las ventas de discos seguían beneficiando a algunos (Stones, Pink Floyd) y ya perjudicaban a otros (The Who), pero en cualquier caso el punto fuerte de su negocio eran las giras, monstruosas, continentales. Daba un poco de grima ver aquellos estadios con miles y miles de personas frente a un escenario que en la lejanía resultaba diminuto, donde difícilmente se divisaba a los músicos, flanqueados por unos impresionantes equipos de sonido. 

Pero si giramos la vista y nos entretenemos en observar a la gente que nos rodea en uno de esos eventos, pronto nos damos cuenta de que el grueso del público está compuesto por fans irreductibles, mitómanos, que suelen pasar de los treinta años y posiblemente se sienten miembros de algún tipo de hermandad; junto a ellos vemos una nueva remesa de supuestos aficionados que no muestran un especial interés por lo que está sonando (ni siquiera reconocen las canciones), sino que vienen atraídos por el espectáculo en sí, por el circo. Porque muchas de esas bandas han aprendido a convertir las actuaciones en circos, y el caso de los Floyd es el paradigma: allá en la lejanía, distantes, probablemente abúlicos, interpretando esas nuevas canciones igual de tristes que ellos, pero con un montaje escénico grandioso en el que hay ráfagas de luces de mil colores, cascadas de humo, proyecciones teatrales (y dentro de poco enormes cerdos de plástico volando sobre la concurrencia)… amigo, eso es ahora la élite del espectáculo. La música, qué más da. Es curioso que, aparte de los Stones, sean las bandas progresivas y sinfónicas como los Floyd, Yes o E, L & P las que más espectáculo ofrecen. El progresivo/sinfónico. Una desgracia: cada vez más denso, pretencioso, agotador. No quedan ya muchos aspirantes a repartirse el pastel, y esas tres se lo llevan casi todo. Las bandas más cañeras, digamos unos Purple o Black Sabbath, tal vez sean las que más gente joven atraen, quizá porque su sonido es el más contundente. Y sus montajes teatrales -también de categoría- tienden a lo siniestro, que en esa época ya tiene mucho gancho. 

Pero entonces… ¿dónde está el resto de la juventud? Pues donde ha estado siempre, donde siempre comienzan las historias, en las pequeñas salas inmemoriales como Marquee o el 100 Club, en otras nuevas como el Roxy, en los pubs y sitios parecidos; de hecho, es en esa época cuando se acuña el término “pub rock” para definir a algunas bandas de tipo revival como Dr Feelgood, que ya nos visitaron hace poco. Esa juventud no tiene dinero para pagar una entrada a los estadios donde actúan los dinosaurios, pero tampoco tienen interés en ir a verlos: se sienten muy lejanos a ellos, y esa lejanía es tanto musical como de espíritu; lo peor no es la diferencia de edad (diez años de media), sino la actitud. Porque esos nuevos ricos que bajan de sus limusinas para mostrarse ante las multitudes proceden de una posguerra, sí; pero luego la situación se fue dulcificando y evolucionó hasta llegar a la época feliz de mediados de la década anterior, tal vez la más alegre y brillante del siglo, cuando todo parecía posible. Y luego, al llegar la decepción, ya estaban consagrados: cumplir los treinta con el bolsillo lleno te permite llevar las tristezas generacionales con un cierto empaque, hacerte mayor con esa soltura de nuevo rico que simbolizan un Rod Stewart o un Mick Jagger. Pero mientras tanto allá abajo, en la calle, la situación se ha degradado: la crisis industrial seguida por la del petróleo hace subir los índices de paro y bajar los salarios; los barrios obreros se convierten en guetos al más puro estilo Detroit y una nueva generación cabreada busca sus propios espacios, su propio sentido, su propia música. Una vez más la influencia yanqui es notoria: los Stooges o los New York Dolls primero y los Ramones últimamente son las grandes referencias. 

Así, como rechazo al amaneramiento en el que ha caído el rock clásico, los nuevos aficionados buscan la sencillez, los estribillos simples, directos, primitivos incluso; una música “rudimentaria” pero fresca en la que reconocerse, una música a juego con su edad. Eso es la New Wave, una suma de gente cabreada (el punk) y de otros que añoran la vieja escuela del garaje o los ritmos que cautivaban a los mods, con los que muchos recién llegados se sienten solidarios. Es de suponer que con el tiempo las figuras que consigan una cierta estabilidad caerán en los mismos vicios que las antiguas, pero de momento lo que cuenta es que estamos ante una nueva época; eso es más importante que la mayor o menor calidad musical que tengan, porque la sangre fresca es fundamental en la industria del entretenimiento. 


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