martes, 28 de marzo de 2017

España 70's: la Tercera Vía, o algo así (y fin)


Hoy llegamos al final de esta pequeña serie dedicada a esa fauna difusa compuesta por unos cuantos bichos raros que dignificaron un poco la depauperada escena musical española en los primeros años 70, una época bastante oscura. Y precisamente para disipar un poco esa oscuridad creo que nos vendrá bien la sonrisa; una sonrisa que en España por entonces quedaba a medio camino entre el sarcasmo y el absurdo, y que muy pocos personajes han sabido “gestionar” mejor que don Ramón Alpuente Mas, mucho más conocido como Moncho Alpuente. Sí señores, ese artista multifuncional, ácrata pero renacentista a su modo, que se dedicó al periodismo, la música, la literatura, el teatro y otras cuantas cosas. Aquí nos ocuparemos solamente de su obra musical, que de todos modos es un mundo en sí misma: al igual que en las demás “disciplinas” que ejerció, es impagable su visión ácida pero descacharrante de una época y una sociedad. Y su carácter transgresor hace que hasta nosotros tengamos que saltarnos una norma clásica del local: por primera vez aquí son más importantes las letras que las músicas; lo cual es lógico, porque para don Ramón las músicas eran parte del sarcasmo y solía obsequiarnos con melodías de tuna, foxtrot, vodevil y otras cuantas antiguallas convenientemente retorcidas por sus acompañantes, tan ácratas como él. 

Moncho comienza a escribir letras raras ya en el colegio, al mismo tiempo que se aficiona a escuchar a algunos grupos extranjeros un tanto dislocados; tanto él como Antonio Piera, compañero de estudios e integrante de la Tuna, muestran una afición preferente por Las Madres del Invento, la banda de Zappa, que en lo musical es revolucionaria y en lo estético… también. Así, no es extraño que decidan crear un grupo bajo el nombre de Las Madres del Cordero junto a otros colegas de parecida catadura. Esto ocurrió en 1969, cuando Moncho tenía veinte años cumplidos. De momento los únicos instrumentos de los que disponían eran las guitarras acústicas y su formación musical era casi nula, lo cual los decidió a probar en el mundo del folk porque “parecía lo más sencillo”. Actuando en colegios mayores conocieron a otros individuos que los fueron introduciendo en el mundo teatral, y así nace su amistad con algunos miembros del grupo Tábano, que al decir de Moncho “hacían espectáculos incomprensibles pero muy divertidos”. Ya que lo incomprensible era uno de las esencias de Moncho, pasó lo que tenía que pasar: Las Madres y Tábano se asocian para poner en pie “Castañuela 70”, uno de los hitos teatrales que marcó la nueva década. No fue exactamente un éxito monetario, aunque se defendió bastante bien; lo importante es que nunca antes un grupo de teatro independiente había conseguido funcionar como profesional, con un circuito geográfico (Madrid, Cataluña y Aragón) y por un tiempo continuo aunque escaso -el verano de 1970-, hasta que los grupos de reventadores compuestos por falangistas, policía política disfrazada de ultraizquierdistas y demás excrecencias del Régimen consiguieron suspender las representaciones a finales de Septiembre. Pero “el daño” ya estaba hecho: “Castañuela 70” ya es historia de España (y se recomienda una visita a los anales de Internet para hacerse una idea más completa sobre aquello). 

Gracias a esa obra consiguen Las Madres una cierta popularidad, que les lleva a grabar en Barcelona un primer single con el sello Talar (una submarca de 4 Vents), aún en 1970: “A beneficio de los huérfanos / La niña tonta de papá rico”, cuyas ventas son escasas pero se convierte en un objeto muy preciado por un cierto sector del público más contestatario (como se decía antes): la primera es una burlas sobre las fiestas que la alta alcurnia celebra con motivos supuestamente “caritativas”, mientras que la segunda hace un buen retrato de la perfecta niña pija. La música, como ya dije antes, da igual: aquí lo que cuenta es “el mensaje”. Las Madres grabaron unas cuantas canciones más en aquel sello, aunque como maquetas y sin intención de publicarlas; pero en 1973 les sorprenderá la aparición de un disco “colectivo” en el que vienen incluidas cinco de ellas, junto a otras interpretadas por Gabriel Salinas, Luis Pastor, Quintín Cabrera y Els Sapastres. El disco se titula “Todo está muy negro” y ya se pueden ustedes suponer que la temática general va de eso, de lo negro que estaba todo por entonces. El disco es hoy en día una rareza, aunque por entonces tuvo una distribución bastante decente.

Las Madres desaparecieron de escena sobre 1971-72, cuando la mayor parte de sus componentes (que con frecuencia eran itinerantes) terminaron sus carreras universitarias y buscaron un modo más serio de buscarse la vida; pero Moncho intentó compaginar unas cosas con otras porque seguía con ganas de escribir sinsentidos (una visión alternativa al periodismo, pero en otra órbita) y el escenario tiraba mucho. Y en 1973, junto a Piera, consigue una formación más o menos estable que bautizan como “Desde Santurce a Bilbao Blues Band” y pronto es detectada por Alain Milhaud, que los incluye en su sello Explosión para grabar de inmediato un Lp histórico titulado “Vidas ejemplares”. El espíritu y los temas que se tratan son los mismos que en la época de Las Madres, e incluso algunas canciones son de aquella época; el único cambio está en la técnica musical, que gracias a Milhaud es más seria, mejor organizada y con algunos músicos profesionales que ayudan en la grabación, además de unos cuantos amigos que también componen nuevas letras como las vainicas, Aute, Hilario Camacho e incluso Massiel, que canta una canción (“Soy la mujer”) en la que se hace parodia de la mujer objeto, tan de moda antes como ahora. En ese disco se incluyen piezas ya míticas como la recreación de “A beneficio de los huérfanos”, “El hombre del 600” -un verdadero éxito en single- o “Los fantasmas”, que corresponde a su época anterior en Castañuela 70 y que no gustó mucho a los progres; como tampoco les gustará “Al cantante social con cariño”, que se incluye en aquella recopilación “traicionera” que lanza 4Vents poco después ante el relativo éxito de “Vidas ejemplares”: Moncho tiraba contra todo y contra todos, incluyéndose él mismo. 

Durante un tiempo, este grupo fue realmente popular. Sus actuaciones se prodigaron por toda España, lo mismo que la persecución de la Policía y demás autoridades gubernativas, que de vez en cuando les cortaban las alas. Y finalmente, a principios de 1976 (Franco había muerto poco antes), cada uno sigue su camino: Moncho y sus amigos consideran que ya no tiene mucho sentido luchar contra un régimen que comienza a deshacerse, y su profesión de periodista le exige cada vez más tiempo. A principios de los 80 creará un nuevo grupo “festivo-musical”, entre pop y rock, llamado Moncho Alpuente y los del río Kwai, que llegó a publicar un disco sin mucha repercusión; veinte años después, junto a Wyoming y el Reverendo, veremos a la fugaz Moncho Alpuente Experience, pero lo realmente interesante fueron aquellos tres o cuatro primeros años en los que, a pesar de la oscuridad reinante, nos hizo reír, a carcajadas muchas veces. Y esta es su herencia. 

Aquí termina esta pequeña pero entrañable relación de personajes que nunca supieron muy bien qué terreno ocupaban, pero tampoco les importó mucho. Lo que cuenta es la memoria, ahora que ya ha pasado todo; que sigan vivos en el recuerdo de algunos de nosotros. Ya saben: moda es lo que pasa de moda, clásico lo que permanece. 




martes, 21 de marzo de 2017

España 70's: la Tercera Vía, o algo así (XI)


La psicodelia fue una moda que llegó aquí tarde y mal. Para ser honrados, hemos de reconocer que se notó más en las prendas de algunos músicos y aficionados o en la decoración de algunos locales que en la música, salvo muy escasas y honrosas excepciones. Tal vez el mejor ejemplo sea “Un, dos, tres al escondite ingles”, la película del bendito Iván Zulueta que tantas veces se ha citado aquí: sí, es psicodélica, muy molona, muy colorida, en gran parte por los dibujos del propio Iván; pero la música no pasa de ser básicamente pop, con algunos integrantes del llamado “spanish soul”, y la escasa psicodelia musical que se escucha corre a cargo de los británicos The End. En los años 70, cuando ya su momento había pasado, hubo algunos músicos nostálgicos que a veces dejaban notar su querencia por aquella época: Vainica Doble son el mejor ejemplo, además de ser también las figuras más recordadas. Y hoy nos visitan unos muchachos que hasta cierto punto mantienen su espíritu, así que de algún modo cerramos el círculo. Se agruparon bajo el nombre de Agamenón, y venían siendo unos hippies tardíos que coquetearon también con esos sonidos; aunque fueron otras víctimas de la desidia discográfica y pasaron practicamente desapercibidos en su tiempo, son adorados hoy en día por unos cuantos fans que conocen su único disco grande. Un disco que dignifica la post psicodelia española con todos los honores.

Allá por 1968 o 69 unos chavales madrileños que están aún en el colegio se dedican en ratos libres a hacer versiones de las bandas tradicionales como Beatles; pero también se aficionan a los que hacen juegos de voces, desde el folk al sunshine pop o las bandas de la Costa Oeste. Además de su habilidad general para cantar, se apoyan en sus guitaras acústicas: la reunión está liderada por Carlos García, un adolescente que ya empieza a componer canciones y que ha conseguido liar a su hermana Carmen, a su amiga Dulce Ayala y a Javier Moreno, un colega que a pesar de su juventud ya toca la guitara eléctrica con mucha soltura. A principios de la nueva década llegan a oídos de Félix Arribas, el batería de los Pekenikes, que está pensando en iniciar una carrera alternativa como productor y les sugiere grabar una maqueta; han pensado ya en un “nombre comercial” -Agamenón-, pero finalmente Arribas olvida el asunto (hay que tener en cuenta que era una época de fuerte marejada en los Pekenikes). Ya están alternando las guitaras acústicas con las eléctricas, son conscientes de que si van a ser un grupo con posibilidades necesitan reforzar la plantilla y convencen al batería Arturo Terriza y a Ralph, un teclista alemán. También por entonces Columbia había lanzado un subsello moderno llamado Top, y buscaba músicos noveles para crear un catálogo: esa fue la oportunidad de Edelweiss, y será también la de nuestros nuevos amigos. 

Estamos en 1973, y con el contrato de grabación ya en la mano van a registrar el nombre del grupo para encontrarse con que el astuto Arribas lo había registrado ya. Bueno, pues no pasa nada: nos llamaremos Tálamo. Pero Columbia objeta que ese nombre es poco comercial, y finalmente la cosa queda en Álamo. Aún habrá otra renuncia: ellos quieren cantar en inglés, pero el sello exige que lo hagan en español; por fin, cuando el single sale a la venta, lo único inglés es el título y estribillo de la cara B. Parece claro que Columbia busca un simple grupo de voces mixtas y tono pop; es decir, quiere probar suerte de nuevo tras el relativo éxito que había conseguido años antes con Nuevos Horizontes: “Fue un sueño / Nighty night” recuerda a ese tipo de agrupaciones, con unas melodías muy cuidadas y arreglos orquestales que redondean un producto de calidad pero también con posibilidades comerciales. Les organiza el consabido playback en televisión para promocionar el single, e incluso consiguen algunas actuaciones; pero estos muchachos han salido contestatarios, y manifiestan su cabreo con el sello abandonándolo poco después. La carrera “oficial” de Álamo no dura más de dos o tres meses: terminadas las obligaciones contractuales, el teclista teutón se marcha a la banda de Micky; poco después queda confirmado en su lugar Vicente Andújar, que además de manejar las teclas también canta. Y de paso quedan libres para recuperar a su querido Agamenón, que ahora ya pueden usar oficialmente. 

En poco tiempo se nota una sorprendente “mayoría de edad” en el grupo: tanto su aspecto como su sonido ha cambiado; se ha radicalizado, por decirlo así. Aquella vestimenta de buenos chicos, de universitarios desenfadados que lucían en el single, da paso a una estética hippie que hace juego con sus nuevas canciones, entre el rock psicodélico y el folk con matices que van desde unos Jefferson Airplane hasta Mamas & The Papas (su único punto de contacto real con Nuevos Horizontes: Columbia se equivocó). Carlos se convierte en un compositor prolífico y Javier es ahora el arreglista del grupo; su solidez en directo los convierte en asiduos de los clubes madrileños e incluso actúan en otras partes de España. Pero en la primavera del 74 Javier se marcha a Ceuta, a cumplir con la Patria, lo cual les obliga a fichar con urgencia a un nuevo guitarrista: César Fornés. Y aunque suene un poco cruel decirlo, lo cierto es que ese cambio les favorecerá porque a pesar de su juventud César es ya un virtuoso que domina además una gran variedad de pedales (aún hoy se le encuentra en algunos hilos de Internet impartiendo enseñanzas gratuitas de guitarra). El caso es que a principios de 1975 llegan a conocimiento del insigne Alain Milhaud, que no duda en ficharlos para Explosión, un nuevo sello que acaba de crear; tienen material de sobra para un disco grande, así que se ponen a grabar de inmediato. 

El señor Milhaud les da libertad casi plena, salvo por un pequeño contratiempo: al menos dos canciones han de ser reescritas en español. Una de ellas, “Todos ríen de mí” será además el título del Lp, la que lo abre y también la cara A del single que se publicará como adelanto. Es una verdadera declaración de intenciones, porque les queda una letra muy “reivindicativa” y además su estructura musical es un buen resumen de todas sus habilidades: una percusión competente, juegos de voces muy trabajados y sobre todo una verdadera exhibición de guitarra a cargo del recién llegado Fornés, cuya maestría nos deja boquiabiertos en varias piezas del disco, tanto en las cuerdas como con el wah-wah o el fuzz. El disco en conjunto es una verdadera delicia, desde los momentos más reposados como “Al salir el sol”, la otra pieza en castellano (una verdadera exquisitez de tono folk con efluvios medievalistas al estilo Renaissance) hasta la tensión que mantienen piezas como la incendiaria “Send me”. Ya digo que el conjunto brilla a una altura poco frecuente en España por entonces, pero insisto también en que la guitarra de Fornés es tremebunda, internacional. Y sumando todo, estamos ante uno de los mejores discos que se han grabado en la no muy brillante historia musical española. 

Por desgracia, aunque probablemente el señor Milhaud hizo lo que pudo, Zafiro no estuvo a la altura: se dice que llegaron a prensarse 5.000 copias (una cantidad respetable para la época), pero el sello no se gastó un céntimo en publicidad y por lo tanto estamos ante otro de esos discos de los que muy poca gente tuvo noticia en su momento. Hay que tener en cuenta que los aficionados que podían haberlo comprado pertenecían al sector de quienes por entonces ya solo escuchaban música extranjera, los que por sistema en las tiendas ya no se detenían en el cajón de los discos nacionales, y sin una buena promoción que los “despertase” ningún grupo español con inquietudes tenía futuro. Así, el disco de Agamenón pasó pronto a la sección de rebajas y pronto también fue “secuestrado” por las bandadas de coleccionistas, tanto nacionales como extranjeros; el grupo desapareció poco después, y aquí termina todo. 

En cuanto a nosotros, el haber recibido a los alegres chicos de Agamenón hubiera constituido un perfecto broche de oro para cerrar esta serie; pero como queda feo terminar en un “once” vamos a hacer la docenita, si les parece bien. Eso sí, lo haremos con humor. Así que la próxima semana nos visitarán unos entrañables bufones muy de la época: permanezcan atentos a la pantalla. 








domingo, 19 de marzo de 2017

Nota necrológica


"Si quisieras darle otro nombre al rock and roll, podrías llamarle Chuck Berry". 
John Lennon  

El ciudadano Charles Edward Anderson Berry, más conocido como Chuck Berry, murió ayer, con 90 años. Temido por la gente de bien, amado por mucha otra gente, nos cambió la vida por lo menos a tres o cuatro generaciones -más las que están por venir- y no hubo nada que pudiese con él salvo la vejez. Descanse en paz. 





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