lunes, 24 de abril de 2017

Estados Unidos: los primeros 70s (II)



California resultó ser el estado más efervescente de la Unión en el segundo quinquenio de los años 60, hasta el punto de que se hablaba de su “espíritu” como un estilo de vida al margen de la gris realidad circundante en el resto del planeta; pero cuando la década terminó, de la psicodelia solo quedaba un oscuro trapicheo de drogas más o menos adulteradas y las manadas de hippies habían desaparecido. El abultado censo de músicos y bandas surgidos en aquella época tan esplendorosa se fue reduciendo ante la evidencia de que no basta con unos cuantos ácidos para componer genialidades: de aquella producción discográfica desmesurada y salvo que se sea muy friki del género, hoy en día no se mantiene ni la cuarta parte de lo que se llegó a grabar. Además resulta curioso que un género tan “publicitado” como aquel tuviese una época de predominancia tan corta: la edad de oro de la psicodelia no pasa de tres años (1966-68), mientras que el rock and roll tradicional duró casi un quinquenio, como el garaje o incluso la “humilde” música surf. Por otra parte centremos eso del espíritu en San Francisco, porque Los Angeles era otro mundo; mucho más duro, pero a efectos artísticos más profesional. Y por último hay que recordar que existen dos psicodelias: la británica, más cercana al pop, y la yanki, que comúnmente se subdivide en rock ácido y folk hippie. En todo caso su influjo nunca se diluyó del todo, y ha dejado un rastro más o menos marcado en la evolución de muchos grupos: en pequeñas dosis, aún hoy resulta encantadora. 

De aquella revolución, la banda más representativa que se mantiene aún en pie cuando todo termina es Jefferson Airplane, que son nuestros invitados de hoy. Ya vimos que su amargura ante el fracaso del ideal hippie, simbolizado en el hundimiento de su querido barrio de Haight-Ashbury, les hace cambiar el planteamiento y los transforma en una banda de “rock intelectualizado izquierdista” por decirlo así, que entra en la nueva década con “Volunteers”. Aunque oficialmente se publique a finales del 69, está claro que este disco tiene un espíritu desencantado, propio de los nuevos tiempos, y es su última gran obra: dejando aparte sus letras, cuya esencia combatiente refleja una perfecta comprensión de la realidad, su calidad musical es muy alta a pesar de que el sonido es un tanto oscuro. A partir de ahí surgen enfrentamientos sobre la línea que debe seguir el grupo, con las inevitables altas y bajas que producen esas situaciones. La fragmentación los lleva a una decadencia que afortunadamente no será muy larga, con dos nuevos discos en estudio -pasables, pero sin mucha brillantez- y un segundo disco en directo que para mí es el más digno final al que podían aspirar: “Thirty seconds over Winterland”. Se publica en la primavera del 73, cuando la banda ya no existía, y es una selección de sus últimas actuaciones en Chicago y San Francisco. Mi preferida es “Feel so good”, una canción que figuraba en “Bark” (disco del 71, el siguiente a “Volunteers”) y que en este directo llega a la categoría de mítica: son 11 minutos esplendorosos, brillantes (es una pieza de Jorma Kaukonen, claro). Así que ahora solo nos queda hablar de las dos bandas que surgieron de forma “colateral”; y utilizo este término porque ambas estaban ya funcionando más o menos oficialmente antes de la desaparición de los Airplane: 

Kaukonen y Jack Casady, los dos elementos más rockeros de Airplane, crean Hot Tuna a finales del 69. En teoría es una especie de divertimento para pasar el rato, y el material que atacan parece confirmarlo: su primer disco, grabado en directo, se compone de piezas tradicionales del blues rural y el de Chicago. Luego se les une Papa John Creach, violinista de los Airplane, y durante dos o tres años siguen grabando ese tipo de material, aunque cada vez más electrificado e incluyendo composiciones propias. Finalmente en 1974, cuando ya la “banda madre” ha desaparecido, los Tuna publican “The phosphorescent rat”, su cuarto disco, en el que la evolución hacia el rock ya se hace evidente. Seguirán en pie casi hasta finales de la década convertidos en una banda realmente cañera; no es que fuesen unos genios, pero vale la pena revisitar a menos un disco de cada una de sus dos épocas. 

Paul Kantner, también a finales del 69, comienza a preparar un disco en solitario que se publicará en 1970: “Blows against the empire”, con la ayuda de Grace Slick (con quien comienza también una relación amorosa en esa misma época), Jack Casady y un buen puñado de músicos amigos. Ese disco, cuyas letras lo convierten en conceptual y que trata sobre una partida de humanos que escapan del planeta en una nave robada, tiene un estilo y un sonido similares a “Volunteers” aunque sin llegar a su altura; se presenta a nombre de Paul Kantner y Jefferson Starship, jugando con la idea de la nave espacial y la procedencia del grupo madre. Kantner y Slick grabarán otros dos discos a su nombre (un poco pesados, la verdad) hasta que en 1974, tras la desaparición de los Airplane, se publica el primer disco oficial a nombre de Jefferson Starship: “Dragon fly”, que se vendió bastante aunque a algunos nos aburre un poco. Para entonces también están en nómina Freiberg, Barbata e incluso Creach; es decir, una buena parte de los antiguos Airplane, aunque pronto comenzarán las idas y venidas. Su estilo de rock medio, sin estridencias, los hace muy populares hasta los años 80; luego se van diluyendo. 

Esto es lo que dio de sí una de las bandas más características ya no solo de una época o un estilo, sino de un país completo: los Airplane son una banda que solo podría haber surgido en Estados Unidos. Y ya hablaremos la semana que viene de algunos otros supervivientes, que hoy ando con un poco de prisa. Tengo hora con el sastre. 

  

martes, 18 de abril de 2017

Estados Unidos: los primeros 70s (I)



Como ya saben los clientes de este tugurio, aquí somos bastante anglófilos (en lo musical exclusivamente, claro; en lo demás, a día de hoy, resulta muy difícil serlo). Pero desde el nacimiento del rock and roll la mayor parte de los ritmos que nos encandilan proceden de los Estados Unidos, el principal recurso estilístico para el resto de Occidente aunque luego los británicos añadan su toque mágico. Por eso, de vez en cuando, conviene visitar aquel inmenso país para enterarnos de lo que se está cociendo allí: más tarde o más temprano su influencia se notará a este lado del Atlántico. Y seguro que la próxima revolución punk/new wave que se avecina en la Isla tiene también algo que ver con ellos. Así que vamos allá. 

Con el paso de los años se va notando un cambio de actitud en muchos músicos: la sencillez, la casi humildad con la que habían comenzado las bandas de garaje en los States o los grupos beat en la Isla a principios de la década pasada, se ha ido convirtiendo en altanería. Y aunque pueda parecer un detalle sin importancia conviene recordarlo, porque ese defecto hace perder muchas veces la noción de la realidad. La llegada de la psicodelia tuvo sus inconvenientes, y uno de ellos fue esa sobrevaloración que comenzaron a darle tanto la prensa especializada como algunos sociólogos o escritores. Así, lo que inicialmente no era más que un estilo artístico (multimedia, sí; pero también el primitivo rock and roll lo había sido) se convirtió en una especie de corriente de pensamiento que elevó a sus protagonistas a la altura de nuevos gurús de la juventud, y por desgracia algunos se lo creyeron; menos mal que otros, como Frank Zappa, supieron encarar el asunto con su impagable sarcasmo. Y cuando todo aquello pasó, el panorama de la música popular se había estratificado: en lo más alto de la escala estaban los aficionados “culturetas” con su predilección por las fusiones del jazz con el rock; luego venían los fans del progresivo o las bandas de blues rock evolucionadas, y por último los seguidores del rock más tradicionales en sus variantes hard o heavy. El pop, por supuesto, había sido degradado a simple papilla para consumo de ignorantes y alienados seguidores de las listas de éxitos, como si King Crimson o los Doors no estuviesen en ellas. En cuanto a los negros, depende: la burguesía intelectual blanca había creado una especie de élite para el jazz y el blues, géneros que ahora se consideraban de lo más distinguido (en parte porque ya había músicos blancos viviendo de ellos); esa "puesta en valor", como dicen los cursis, fue una verdadera salvación para muchos músicos negros, que dejaron de pasar hambre. Pero las derivaciones del soul, el pop negro de la Tamla o el naciente funky estaban quedando confinados en las discotecas y en las sibilinas listas de rhythm’n’blues, que no eran más que una actualización de las antiguas race lists. 

De todas formas la ventaja de Estados Unidos es su enorme tamaño, que permite la convivencia de varios estilos al mismo tiempo; incluso la evolución artística va a distintas velocidades según la zona. Gracias a eso es posible contemplar, a finales de los años 60, la convivencia entre los veteranos junto a una nueva generación que comienza a recuperar los valores del antiguo garaje. Como es lógico, al igual que pasó en los últimos tiempos del rock and roll, el sur y el suroeste son más conservadores; en California por ejemplo se mantienen muchos de los grandes nombres que surgieron de la psicodelia. De todos modos, pocas bandas de verdadera categoría siguen siendo fieles a ese estilo salvo Spirit, porque la mayoría se van acercando al rock tradicional (Jefferson Airplane) y otras se refugian en el country (Byrds). Mientras tanto, en el norte los nuevos grupos suelen ser mucho más contundentes y, como ya sucedió a principios de aquella década, surgen sobre todo en las zonas industriales como Detroit (Stooges) o las ciudades de aluvión como Nueva York (Mountain). Y es en esta última ciudad donde empiezan a convivir las bandas de rock más o menos duro con otras que añaden elementos transgresores, como esa curiosa apuesta glam/Stones que simbolizan los New York Dolls. Si en los años 50 fue el Sur y a principios de los 60 fue el Noroeste, tal vez en esta nueva década las novedades más importantes se encuentren en la otra esquina… 

En fin, ya iremos viendo. Habrá que comenzar la década interesándonos por la salud de las bandas veteranas, indagaremos para saber hasta qué punto hay similitudes con la situación isleña y luego es de esperar que surjan algunos grupos nuevos que nos ilusionen y puedan llegar a ejercer su influencia al otro lado del océano: ya hemos visto que el panorama británico a mediados de los años 70 es para llorar. Esperemos que aquí haya más alegría. 


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