lunes, 22 de mayo de 2017

Estados Unidos: los primeros70s (VI)



Si el otro día nos visitaron dos bandas cuya carrera se basa en los géneros más tradicionales, quien hoy nos honra con su presencia es en sí mismo su propio género: don Francisco Zappa. Un músico de formación clásica y vanguardista, un verdadero experto en todo tipo de estilos con una creatividad descomunal, que supo desarrollar la expresión de ese dominio con una técnica admirable a la guitarra, una increíble variedad compositiva y todo ello aderezado con un agudo sentido del humor. Su voz, profunda y bien modulada, nos iba cantando unos espléndidos sinsentidos o unas ironías sangrientas producto de su profundo conocimiento del americano medio, o ya más directamente, del ser humano en general. Las habilidades de Zappa sobre tantas materias distintas lo convierten en una especie de renacentista excéntrico que se ríe de su propia sombra pero que no está loco en absoluto: su producción desmesurada, realmente excesiva, le proporcionó el dinero suficiente para mantener siempre unas puestas en escena atractivas, con unos equipos de sonido magníficos y por supuesto apoyado por un plantel de músicos notable que iba renovando con regularidad y a los que dirigía con mano de hierro (sí, otra cosa es su carácter, con aspectos discutibles). Y por el hecho de constituir un universo completo, no ha dejado escuela: sus técnicas a la guitarra son objeto de aprendizaje, pero su obra musical es única. No habrá otro como él porque no puede haberlo, sencillamente. 

Su carrera discográfica arranca en 1966 con la publicación de “Freak out!”, en el que ya se contenía la esencia de sus ideas sociales o políticas y de sus tendencias sónicas: tanto unas como las otras andaban cerca de la acracia. Solo se puede entender que semejante disco (¡doble, además!) llegase a las tiendas en aquella época si recordamos que lo lanzó Verve, uno de los más prestigiosos en el mundo del jazz y que estaba buscando un sitio en mercado del rock de vanguardia; también fueron ellos los que publicaron el primero de la Velvet, aunque por desgracia esa vocación aventurera duró poco. Pero volviendo a don Francisco, a partir de ahí surge una creciente legión de aficionados que le seguirán hasta la muerte, del mismo modo que otros no lo soportan. Creo que lo más saludable es mantenerse en una prudente situación media: tanto a su nombre como al de Mothers of Invention (yo no veo la diferencia) tiene discos magníficos como ese aunque solo fuese por su vocación de ruptura, o “We’re only in it for the money” , del 68, o el genial “Hot rats”, del año siguiente; pero también hay relleno, porque es imposible que un músico, por muy bueno que sea y con un ritmo de actuaciones tan alto como tuvo él casi desde el principio, pueda llegar a grabar hasta tres discos por año. Algo no cuadra, y lamento decir que algunas de sus propuestas me resultan intragables. Aunque por supuesto hay fans que le aplauden todo: a cada nuevo disco corren a la tienda a comprarlo sin necesidad de escucharlo antes. 

La llegada de la nueva década le sienta muy bien a don Francisco: se va relajando su tendencia a epatar al personal, su discurso y sus actitudes teatrales se acomodan un poco y la música se convierte en casi la única protagonista. En parte sigue las directrices marcadas desde su primer disco, que se definieron con más claridad en “Hot rats” (“Una película para tus oídos”, decía él), una fusión de rock con jazz e incluso la música concreta (herencia de su adorado Edgar Varèse), aunque por supuesto sin abandonar del todo ese tono de coña que es una de sus señas de identidad. En 1970 lo vemos a toda máquina con la publicación de tres discos, de los cuales destacaría el primero, “Burnt weeny sandwhich”, una continuación de “Hot rats” y al mismo tiempo una transición hacia un sonido más denso, que se confirma luego en “Chunga’s revenge”, el tercero. En 1971 Zappa consigue presentar una película titulada “200 motels”, escrita entre él y el director británico Tony Palmer, que en esencia viene siendo una especie de documental surrealista sobre la vida loca de los músicos; por supuesto, la banda sonora fue uno de los discos más vendidos en su carrera. Pero esa teórica locura seguirá siendo tremendamente productiva en todo momento: el año siguiente publica otros tres discos, y seguirá a toda marcha hasta que a finales de la década (en 1979) llegará a publicar ¡cinco!, entre los que además hay un doble, el legendario “Sheik Yerbouti”. Sumando directos, bandas de supuestas películas o proyectos para ellas y discos oficiales, para entonces Zappa ya lleva aproximadamente unos treinta. Ah, y el mercado del disco pirata va a toda marcha, en fuerte competición con Grateful Dead: tal vez otros treinta por entonces. 

Cuando Zappa murió, en el 93, iban más de sesenta discos oficiales; desde entonces se han publicado otros cuarenta, más o menos. De los piratas ya se había perdido la cuenta mucho antes. Comprenderán ustedes que ante semejante producción es muy difícil considerar su obra al detalle. Pero tampoco hace falta: los puretas tenemos nuestros preferidos, cada uno los suyos. Y a las jóvenes generaciones les recomiendo que se dejen aconsejar por sus mayores antes de ir a por tres o cuatro discos de este señor, así a voleo, porque pueden sufrir una gran desilusión que los lleve a abandonar el intento: Zappa es grande, muy grande, pero su obra es algo así como un campo minado. Hay que llevar un plano para internarse en ella. 


martes, 16 de mayo de 2017

Estados Unidos: los primeros 70s (V)

De vez en cuando surgen músicos que no se sienten influenciados por la zona de donde proceden o los estilos que estén triunfando en esa época, y en la muy hippy California tenemos dos ejemplos magníficos: Canned Heat y Flamin’ Groovies, dos bandas completamente distintas pero que coinciden en su devoción por estilos tradicionales. Ambas lograron sobrevivir a los años 60 tal vez por eso, porque a la larga lo clásico siempre acaba imponiéndose al ir y venir de las modas; y cuando hay un carácter propio con el que moldear esos estilos, cuando el músico tiene personalidad, el destino suele estar de su lado. 


Canned Heat son de Los Angeles, pero ese dato carece de la menor relevancia porque lo suyo eran los pantanos del Mississippi, el blues arrastrado del Delta y las antiguas tonadas de las voces negras más primitivas. Su historia arranca en 1965, cuando Bob “El oso” Hite, un coleccionista compulsivo de discos de los viejos bluesmen a 78 rpm que además canta y toca la armónica, se reúne con otros aficionados para crear una jug band que resulta ser el germen de los Heat. En la formación original vemos a otros dos expertos, que además son guitarristas: Alan “Búho ciego” Wilson, una verdadera enciclopedia andante, y Henry “Girasol” Vestine, recientemente expulsado de la banda de Zappa por su excesiva afición a las sustancias ilegales (pero que si viene de ahí tiene que ser un guitarrista muy bueno, ¿verdad?). El bajo queda a cargo de Larry “La mole” Taylor, un técnico de categoría ya por entonces y que ha trabajado como músico de estudio. Y la batería es para Frank Cook, un veterano del circuito jazzístico, aunque tras el primer disco será relevado por Adolfo “Fito” de La Parra. Sí, estos indivíduos parecen mostrar una curiosa afición por los apodos. 

Aunque podría suponerse que ese fanatismo por el blues tradicional no será más que una rareza minoritaria, después de dos años de actuaciones son casi estrellas en el festival de Monterey sin haber publicado aún su primer disco, que aparecerá el mes siguiente. Por otra parte su fusión con el boogie los convierte en un grupo muy personal, con un sello de identidad muy claro; y finalmente, gracias a la influencia de las bandas británicas de blues rock como Fleetwood Mac y compañía, a partir de 1968 el género vive una época de gloria que consagra a los Heat como uno de los nombres más importantes del país (y esa mezcla de imágenes con el fondo de “Going up the country” en Woodstock es ya un mito). También ellos caen a veces en la autocomplacencia, con largos desarrollos y tendencias psicodélicas soporíferas -el doble “Living the blues” es un gran ejemplo de lo mejor y lo peor de este grupo-, pero consiguen entrar en la nueva década con bastante entereza: “Future blues” y “Vintage” son dos discos muy decentes, sobre todo el primero (ah, esa versión del “Let’s work together”… casi vale por el disco entero). 

Otra cosa es la situación interna: en 1969 se había marchado Vestine tras una bronca con Taylor; fue sustituido por el gran Harvey Mandel, que finalmente se marcha también en 1970, casi al mismo tiempo que el propio Taylor. Y entonces vuelve Vestine, pero a continuación se presenta la tragedia con la muerte de Alan Wilson, que entra en el Club de los 27 por una supuesta sobredosis de barbitúricos originada por una depresión galopante. A partir de ahí, en medio de idas y venidas, la banda se mantiene a trompicones pero todavía graba algunos discos decentes: además de un espléndido directo con John Lee Hooker en el 71 o el que grabaron en Europa, hay algunos en estudio como “Historical figures and ancient heads”, a finales de ese mismo año, que mantiene el tipo bastante bien. Es la ventaja de trabajar los estilos tradicionales, que ellos solos se defienden. Y aunque El oso murió en el 81 y Vestine a finales de los 90, creo que Fito sigue con la banda. O seguía no hace mucho. Me parece excesivo, pero en fin: estamos ante otra demostración de que los músicos que se dedican a los géneros clásicos se vuelven tan clásicos como las músicas que interpretan.


Si la procedencia de los Heat no importa, menos importa aún la de Flamin’ Groovies: son de San Francisco, pero no lo parecen en absoluto porque tampoco a ellos se les ve muy interesados en las músicas del momento y van contracorriente desde el principio de su carrera. Su primera grabación es un Ep autoproducido bajo el nombre de “Sneakers”, que publican a principios del 68 con un total de dos mil copias; por entonces el rock and roll es un viejo ritmo polvoriento del que nadie quiere saber nada. Sin embargo estos muchachos consiguen lavarle la cara con su estilo rugoso, duro, anfetamínico, que además lleva unas gotas de r’n’b, influencias de la invasión británica y un cierto aire folky de vez en cuando. Posiblemente contra lo que ellos mismos esperaban, comienzan a ganarse una pequeña fama entre sus conciudadanos y poco después son fichados por CBS, que los asigna a su filial Epic aunque esa relación solo durará un disco: “Supersnazz”, una maravilla cuya leyenda ya comienza con la portada pero que en la época no alcanza grandes ventas, porque su estilo queda un poco desdibujado por una producción que no le cuadra. Para entonces ya está claro que el peso del grupo se reparte entre los guitarristas Cyril Jordan y Roy Loney, que son los compositores principales aunque también disfrutan haciendo versiones de piezas clásicas; hay un tercer guitarra, Tim Lynch, que junto al bajista George Alexander y los otros dos hacen un total de cuatro voces, y a la batería tenemos a Danny Mihm: este es el quinteto oficial durante sus primeros años, aunque en las grabaciones suele haber algún teclista ocasional. 

La nueva década comienza muy bien para ellos: tras la CBS van a caer en Kama Sutra Records, un subsello caótico de la no menos caótica Buddah Records, teóricamente especializada en música chicle pero sin una dirección muy clara. Esto es un arma de doble filo, ya que los “melómanos serios” desprecian ese sello; pero a cambio los Groovies pueden grabar lo que les dé la gana. Y vaya si se aprovechan: en 1970 presentan “Flamingo” y en 1971 “Teenage head”, una pareja de discos que, como es norma ya en la banda, no consigue grandes ventas pero con el paso del tiempo se ha hecho mítica. Hasta cierto punto su impacto histórico recuerda a otros grupos minoritarios en su tiempo (como Velvet Underground, por ejemplo) pero reivindicados luego entre los fans de la new wave o el post punk: su influencia se ha de sentir en la siguiente generación, no en la suya. Esos dos discos son la confirmación de su estatus de banda clásica, con un sonido aparentemente simple y crudo, casi de maqueta, pero tal vez por eso mismo incendiario. Viene luego una larga época de oscuridad: Loney y Lynch se marchan, siendo sustituidos por Chris Wilson y James Farrell. Wilson será a partir de entonces el principal colaborador de Jordan (justo como había sido Loney), pero el grupo se orienta a partir de ahora hacia un sonido más melódico, con juegos de guitarras al estilo Byrds, cuya influencia es clara en estos “nuevos” Groovies. 

La travesía del desierto dura casi cinco años; durante ella, y a pesar de algunas giras por Europa (donde su fiel parroquia de fans crece como la espuma), no consiguen grabar más que dos o tres singles. Hay que tener en cuenta que las músicas imperantes por entonces son el rock duro o el progresivo, y los sellos discográficos no se fían de una banda que, como siempre, va a su aire, fuera de onda. Pero la perseverancia tiene finalmente su premio y en 1976, justo a tiempo por primera vez en su carrera, consiguen fichar por la heroica Sire Records; Dave Edmunds, amigo suyo y con quien ya habían grabado un single años antes, les produce lo que será una reentrada en la Historia con todos los honores: “Shake some action”, que se convierte en una de las biblias de ese nuevo sonido revival que en el fondo es la new wave. No haría falta decir que los isleños enloquecieron con ese disco, mientras que en los States pasó sin pena ni gloria; hoy en día es un clásico total, seguido por otros dos igual de clásicos: “Now” en 1978 y “Jumpin’ in the night” el año siguiente. Y luego llega la decadencia, y unos se van y otros se quedan, pero los Groovies ya se han consagrado como uno de los grupos más queridos por la parroquia europea (en España se les adora), y hasta hace poco aún andaban por ahí. Lógico: el paso del tiempo les ha traído siempre sin cuidado. Quién les iba a decir a ellos que acabarían siendo la referencia para dos o tres generaciones… 



jueves, 11 de mayo de 2017

Estados Unidos: los primeros 70s (IV)

Cuando comenzó la beatlemanía en Estados Unidos, tanto la prensa como los sellos discográficos se pusieron a buscar alternativas caseras, a buscar los “Beatles yanquis”. La mayor parte de esos intentos resultaron ridículos, porque en 1964 la industria no había comprendido aún la verdadera grandeza de los muchachos de Liverpool y prefirieron creer que estaban ante otro fenómeno para fans, que duraría uno o dos años más y luego desaparecería. Así, nos encontramos con algunos “aspirantes” tan pintorescos como los Standells, famosos por ser oficialmente la primera banda con el pelo mucho más largo de lo habitual… pero no tanto por su discreta carrera discográfica. O Paul Revere & The Raiders, una banda de garaje pop competente pero sin tanta categoría como para aspirar a semejante título; o los Monkees, más un producto de laboratorio que otra cosa. Pero sí hay al menos dos nombres californianos que podrían merecer ese título: los Beach Boys y los Byrds, que siendo muy distintos coinciden en algunas características básicas como su predilección por los juegos de voces o su marcada etapa psicodélica. 

Resulta intrigante la casualidad de que fuese Capitol, de entre todos los sellos yankis, el que fichó a los Beach Boys casi al principio de su carrera: ese era el sello subsidiario de EMI, su representante en los States, el sello que rechaza publicar los dos primeros singles de Beatles porque “esos Beatles no tienen nada que hacer aquí”… ¿Poca vista o afán de proteger a sus chicos de la playa? El caso es que durante los años 60 las trayectorias de ambos grupos tuvieron varios puntos en común: también los Beatles cuidaban los juegos de voces, como buena banda beat; y también los Beach Boys tuvieron una fase psicodélica muy potente (que casi acaba con ellos, por cierto). Al terminar la década los británicos ya no existen, mientras que los californianos se marchan de Capitol con litigios judiciales por medio y la salud mental de Brian Wilson seriamente dañada. Tal vez la disolución del grupo en ese momento hubiese sido un último gesto de grandeza que los podría haber equiparado a sus competidores, pero deciden seguir adelante: Carl y Dennis Wilson se reparten la responsabilidad de liderazgo y tratan de ayudar a Brian en la composición. Pero eso no es tan fácil, porque los personajes como él son imposibles de sustituir. 

Al igual que la mayoría de las bandas veteranas que siguen en pie tras el paso arrasador de la psicodelia, los Beach Boys se van acercando al rock más o menos estándar, aunque manteniendo su tono melódico. Y, tanto con ellos como con muchos otros, la afición se divide entre los que comienzan a cansarse y los que seguirán fieles hasta la muerte apoyados por gran parte de la crítica, que en estos asuntos suele seguir la inercia. De todos modos, sus fantásticos juegos vocales y ese gran dominio de las mesas de grabación, con unos arreglos brillantes (la influencia de “Pet sounds” sigue presente), mantienen la categoría y consiguen hasta cierto punto defender un material que cada vez resulta más previsible: “Sunflower” y “Surf’s up”, sus dos primeros discos en Reprise, son buenos ejemplos. Las ventas, al menos en esta época, suelen ser más nutridas en la Isla que en su país de origen; lo cual resulta curioso, ya que por lo general las cosas iban al revés: eran los británicos los primeros en desengancharse cuando un estilo o un grupo comenzaba a flaquear. 

Mientras tanto, ya han comenzado los inevitables cambios de personal y Brian Wilson prefiere estar en casa o en su estudio que haciendo giras por medio mundo. Pero a base de recurrir a estilos clásicos o haciendo discos de versiones, a pesar de las idas y venidas de músicos, de las broncas entre un alcoholizado Dennis Wilson y el resto de la banda (finalmente fue expulsado y murió en 1983), los Beach Boys sobrevivieron hasta mediados de los años 90. Es decir, duraron más de treinta años. Que nos parezca mejor o peor, eso ya es otro asunto. 


El rasgo más importante que comparten los Byrds con los Beatles es su tendencia vanguardista, siempre ajustada a su carácter esencialmente yanqui. Mientras los Beach Boys hacen una especie de pop coral en sus primeros años (su conexión real con la música surf es casi anecdótica), los Byrds comienzan su carrera creando una potente alternativa al beat isleño envueltos en ese sonido de guitarras cristalinas que los hace inconfundibles: ellos son los profetas del naciente folk rock con su versión de “Mr. Tambourine man”, que asombró al mismísimo Dylan; y poco después ponen los cimientos del rock de garaje al electrificar “Hey Joe”, que dará a los Leaves su momento de gloria. A principios de 1966, cuando la psicodelia era todavía un concepto difuso, son la primera banda estadounidense en conseguir un éxito nacional con el single “Eight miles high” (más de un año antes de que Jefferson Airplane graben su “White rabbit”, por ejemplo). Y cuando termina esa época, después de experimentar incluso con los sonidos electrónicos, y a pesar de que la vanguardia ya será asunto de otros, los Byrds son también los primeros en incluir el country al estilo Nashville como ingrediente principal: en 1968, bajo la influencia transitoria de Gram Parsons, graban “Sweetheart of the rodeo”, considerado como el primer disco de esa categoría en el mercado del rock. A partir de entonces su carrera estará muy marcada por ese estilo, junto a las baladas y en menor medida algunos fogonazos rockeros o efluvios psicodélicos tardíos. Los Byrds se han hecho mayores, como todo el mundo, y buscan acomodo en la tradición. 

Cuando termina la década, de la formación original solo queda Jim (a.k.a. Roger) McGuinn, que seguirá al frente hasta el último día en la accidentada existencia de los Byrds. Por lo tanto es él quien trata de mantener la banda en pie, aunque también ha procurado siempre compartir la dirección musical y creativa con los sucesivos miembros que han pasado por ella: gran parte del más brillante repertorio de los primeros años corresponde a Gene Clark, que abandona el grupo en 1966 (aunque volverá esporádicamente), mientras que otro Gene, Parsons, es un elemento fundamental a partir de 1968. Y hay que reiterar la importancia del otro Parsons, Gram, en la deriva country que toma el grupo aunque solo estuvo unos meses con ellos; Gram fue sustituido por Clarence White, que seguirá con ellos casi hasta el final. Los Byrds entran en la nueva década como cuarteto integrado por McGuinn, Parsons, White y el recién fichado “Skip” Battin, un bajista de amplia trayectoria, y presentan el doble “Untitled”, que aun siendo irregular contiene algunos momentos realmente brillantes: el primer disco, en directo, es un repaso a lo más florido de su repertorio, con la cara B dedicada exclusivamente a la gloriosa “Eight miles high” (cuya ejecución aquí no tiene nada que envidiar a los directos de Grateful Dead, sin ir más lejos), y un segundo disco en estudio donde se encuentran maravillas como “Chestnut mare”, por la que siento una particular debilidad. Y a partir de ahí comienza la cuesta abajo, aunque el señorío de McGuinn impide que su decadencia alcance los extremos patéticos de muchas otras bandas.

En 1971, con un sinfín de giras por medio, encuentran tiempo para grabar “Byrdmaniax” y “Farther along”, que a mí me parecen irrelevantes. La crítica tal vez se excedió en sus ataques, pero comenzaba a resultar evidente que la época de los Byrds estaba llegando a su fin. El año siguiente fue otra sucesión de giras y de altas y bajas; a principios del 73 McGuinn disuelve la banda, reúne a los miembros originales y todos juntos se dan un homenaje grabando “Byrds”, que será el último disco: es tan soporífero como los dos anteriores, pero al menos en este caso queda el gancho de la nostalgia. Luego cada uno siguió su camino, y eso es todo. Como dije antes, nos queda el consuelo de que su agonía fue corta; en dignidad al menos, superaron a los Beach Boys. O eso pienso yo, que soy un tipo sin entrañas. 


miércoles, 3 de mayo de 2017

Estados Unidos: los primeros 70s (III)

Además de Jefferson Airplane hay otros dos nombres de primera línea que proceden de la efervescencia psicodélica hippie pero que han conseguido mantenerse sin apuros hasta el final de la década: Spirit y Grateful Dead. Al igual que los Aeroplanos, estas bandas tenían muchos recursos técnicos; pero la línea musical era más constante porque no había una dirección colegiada, sino que su carácter estaba muy marcado por la personalidad de sus líderes. 



Spirit son de Los Angeles. Tal vez por eso consiguieron equilibrar la alegría hippie con la profesionalidad, consiguiendo una mezcla excelente de rock con psicodelia e incluso a veces momentos jazzísticos o progresivos. Aunque Randy California era de espíritu libre, era también un guitarrista y compositor fabuloso; y su padrastro Ed Cassidy, un batería de renombre curtido en el circuito del jazz, ponía la dosis de seriedad necesaria para que el asunto no descarrilase: los discos de Spirit serán mejores o peores, pero su nivel técnico es siempre muy alto. 1970 es precisamente el año de mayor popularidad de este grupo, que lo comienza con el single 1984 y lo termina con su cuarto disco grande: “the twelve dreams of Dr. Sardonicus”, uno de los más brillantes de aquella banda, de aquel año y del rock yanki en general. Se trata de una fusión de todos los estilos que ellos dominan, desde el hard rock a la balada cercana al folk, desde los tonos jazzísticos hasta las aproximaciones a la psicodelia con curiosos arreglos atmosféricos de estudio (a veces recuerdan a los TYA en su época Chrysalis, hay similitudes en sus técnicas de grabación). Fue su disco más popular, aunque por desgracia las bandas de esta categoría no suelen llegar al top 10. 

Viene luego una época confusa en la que no está claro si podrán seguir adelante: ya a principios de 1970 se había producido una especie de cisma, con malos modos y rumores sobre peleas, originado por la marcha de Jay Ferguson (una de las voces del grupo, compositor y percusionista), acompañado por Mark Andes (bajo). La tendencia de ambos es más rockera, más frontal que la de Randy y compañía; poco después los disidentes se presentan al frente de Jo Jo Gunne, un grupo claramente hard sin mucho brillo. Por esa época Randy sufre una caída de caballo que le causa una fractura craneal y le obliga a retirarse durante un tiempo; su padrastro mantiene el tipo cumpliendo las actuaciones programadas con algunos miembros transitorios, llegando incluso a grabar un disco bastante ininteligible, entre jazz, funk y country que muchos frikis de la banda consideramos que “no existe”. A Randy tampoco le gustó mucho aquello, porque en 1972, ya recuperado del accidente, graba por su cuenta su primer disco en solitario: “Kapt. Kopter and the (fabulous) Twirly Birds”. La mitad del material son versiones; y aunque que es bastante caótico, tal vez con una carga de hard rock psicodélico excesivo, tiene su gracia. Por cierto, entre los músicos que participan vemos, además de a Noel Redding, al mismísimo padrastro Cassidy: la familia tira mucho. 

Después de dos años de semi-retiro en Hawai, Cassidy consigue convencer a Randy para reorganizar el grupo; comienzan a preparar nuevo material, y se ve que las vacaciones les han sentado muy bien porque en 1975, cuando prácticamente todas las grandes bandas han desaparecido o están en franca decadencia, publican dos de los mejores discos de su carrera: “Spirit of ‘76” y “Son of Spirit”. El primero es un doble exuberante en el que el sonido clásico de la banda se amplía con las influencias lánguidas hawaianas y un sonido envolvente, a veces lejano, muy atmosférico, soñador, y con algunas versiones sorprendentes, como “Hey Joe” o “Like a rolling stone”, que prácticamente recrean las originales; el segundo suena un poco más convencional pero sus canciones tienen la misma calidad. A mediados del año siguiente llega el que será último disco de su época más brillante: “Farther along”, en la línea del anterior. Y a continuación llegó otra época de crisis en la que hubo algunas grabaciones a nombre de la banda pero que en realidad eran de Randy, con o sin Cassidy. A partir de ahí ya no hay nada de verdadera importancia que añadir salvo un concepto: a Spirit se les ha llamado, con toda la razón, La Gran Banda Americana Desconocida... Eso significa que quien se crea aficionado al rock clásico, no la conozca y se “arriesgue” a escucharla, tal vez se lleve una agradable sorpresa. 


Grateful Dead es la típica banda que despierta pasiones encontradas: o los amas o los odias. Sus primeros discos son realmente buenos, porque al igual que Spirit tenían una gran calidad como instrumentistas además de una sólida formación musical. Sin embargo la mentalidad de Jerry García y sus amigos era bastante más hippie, muy despreocupada con las cuentas y los gastos de sus tremendas puestas en escena, y los discos no resultaban lo suficientemente rentables como mantenerse. Su esquema cambia al comenzar la nueva década: los directos son visualmente más simples, y los discos se van desprendiendo de la carga psicodélica mientras su sonido se simplifica para llegar casi a lo que hoy llamaríamos música de raíces, es decir, el folk, el country e incluso el honky tonk. Ese giro hacia lo tradicional se refleja en los dos discos que publican en 1970: “Workingman’s dead” y “American beauty”, que consiguen un buen nivel de ventas; en ese aspecto, tal vez sea su mejor momento. 

De todos modos parecen ser conscientes de que su creatividad decae y que el futuro está en las giras: tienen un gran número de fans que los siguen -los famosos Deadheads- y que se entregan arrobados a esos larguísimos desarrollos que pueden durar horas. Hay grabaciones piratas de sus directos a montones ya por esa época, y evidentemente aprovechan el filón todo lo que pueden: después del “Live/Dead” del 69 llega “Grateful Dead” (otro doble) en el 71, y por el medio “Historic Dead” y “Vintage Dead” con grabaciones de sus primeros tiempos, por no hablar del triple “Europe ‘72”. Junto a eso van surgiendo algunos recopilatorios, y algún disco con nuevo material de vez en cuando (generalmente de tendencias tradicionales). Entre unas cosas y otras se mantuvieron en pie hasta la muerte en 1995 de Jerry García; a partir de entonces ha habido unas cuantas idas y venidas, que como en el caso de Spirit no importan porque la historia los recordará como un paradigma del género: muchos años después de que lo hubieran abandonado, sus fans seguían tras ellos como si en sus actuaciones el tiempo se detuviese. 


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